Pollock
Era difícil que aquella tarde lo encontrara, caminaba sin sentido como solía hacerlo cada vez que algo me superaba. Las caminatas eran cada vez más recurrentes, los nervios imposibles de controlar. A mi alrededor todo se desmoronaba. ¿Qué me hacía defender esto con tanta pasión? ¿Por qué había llegado al límite de lo imaginado?
Me detuve antes de acercarme, desconocía mi aspecto. Respiré hondo tratando de tranquilizar los nervios estancados en la garganta. Antes de cruzar la calle vi mi reflejo en una de las ventanas del café frente a mí. Mi rostro era en sí una geografía detallada de mi historia. Cubrí mi rostro con las manos y me detuve en medio del camino. Lo vi alejarse.
El regreso a casa fue aciago, los nervios en la garganta no dejaban de moverse. Quería estar lejos de mí. Colocar mi cabeza sobre una mesa y que el cuerpo anduviera en libertad, quería olvidarme de mí misma y si ese Ser estaba en mi cabeza, lo quería fuera.
Las paredes blancas de la casa me recordaban a las casas de mi infancia. Con la edad desarrollé una soledad crónica. Incapacitada de relacionarme con el mundo lo observaba. Imagine cómo podría observarme fuera de un espejo, de lo mero psicológico. Preparé todo. Me vería por primera vez.
Mientras preparaba la herramienta, pensaba en cómo este instrumento fue creado para evitar sufrimiento y terminó siendo representante de una época de horror. En el Prado encontré un cuadro de Mattia Preti de San Juan, brutalidad, horror. Pero en mi mente se repetía la siguiente frase: Este instrumento fue creado para evitar el sufrimiento. Pensaba también en cómo San Dionisio después de lo sucedido, recogió su cabeza y camino por kilómetros mientras predicaba. Yo sólo deseaba estar fuera de mí, verme como los otros ven, quizá así entendería lo malo que hay en mí.
Rojo. La fuerza de Pollock se desprendía de mí. La ira, el amor no entregado, rojo. De repente, oscuridad.

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