Una infancia

 Un campo verde se abre frente a mí: tejocotes, ciruelos, una casa blanca y mi perra Rottweiler (Percy) me mira desde la cima. Me detengo en la entrada de aquel hogar, respiro el aire húmedo, siento el frío en mi cuerpo. El zaguán color salmón deslavado por el tiempo se cierra tras de mí, el camino de piedra se muestra. De niña me recostaba en el pasto, esperaba a que Percy llegara y se tirara junto a mí, miraba al cielo. La Naturaleza fue mi hogar. 

Recuerdo caminar la sierra, la tierra en mis zapatos y resbalarme en el camino para llegar con Doña Cristina, su esposo se fue de migrante para darles una mejor vida, en Navidad les envió barbies que jamás vi en México. Doña Cristina en el comal, sus hijas y yo entorno a ese metal, la leña, la piedra hirviendo, Percy junto a mí. 

De niña no tuve sueños, observaba la vida frente, fuera y oculta de mí. Observaba el cielo. Una casa no es un hogar. 

El cielo, el pasto verde, los tejocotes picados en el suelo, Percy y yo recogiendo las ciruelas del pasto, un dulce sabor. 







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