Sombras de terror
Por Viridiana Nárud
Desde este departamento amurallado en donde los sonidos de los claxon penetran la intimidad de mis pensamientos y los motores generan un sonido arrítmico disonante, lucho por tocar la imagen con palabras que se ha mostrado mientras leo. La cortina de cuentas, que mi abuela Isabel colgaba en el umbral de su palomar se desliza frente a mí, mis manos las abren y yo tengo nuevamente siete años. Entro a esa habitación prohibida, a la que sólo se entraba a hurtadillas mientras los adultos platicaban en la cocina. Barbies y muñecas viejas que sus hijos y nietos olvidaban en casa de mi abuela, encontraban su lugar sobre las tablas de madera envueltas en celofán. Los muñecos que antes se encontraban desnudos, vestían modelos confeccionados por ella.
Mi abuela no abandonó su infancia, la inventaba. Mentía sobre su procedencia, sus lugares de nacimiento, hablaba de ríos de monedas que una tía tenía en su casa y que con desdén movía con hermosas sus hermosas piernas. Ella tenía la certeza que la varices que ese entonces tenía, se debían a su vanidad y antigua belleza. Un castigo divino. Porque Dios siempre castiga lo bello, como el amor que tuvo por un tal Alonso. Mi abuela recreaba con mentiras a su padre, de cómo éste contaba historias de terror y de cómo con sus manos estiraban sus cabellos para proyectar en las sombras el terror del personaje. Lo inventaba como un genio, como un loco narrador. Recreo la infancia de mi abuela porque he olvidado la mía. Sólo recuerdo soledad y un bosque.
La cortina se cierra.
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